Con esta actividad intentamos demostrar la importancia de las relaciones humanas para la supervivencia del hombre. Les dejo las historias que vimos en clases y las preguntas para los que estuvieron ausentes.
Preguntas:
- Comenten brevemente el caso que les tocó en tres o cuatro párrafos.
- Reflexionen en grupo la importancia de las relaciones humanas ¿Por qué los seres humanos nos relacionamos? ¿Qué pasa en los casos en los que las personas no se interralacionan?
Traian Caldarar unido a los perros salvajes en Rumania
A principios de febrero del 2002 atraparon otro niño salvaje que vivía en la región de Brasov de Transylvania, Rumania. Se llamaba Traian Caldarar, tenía siete años, y había huido del violento novio de su madre.
Fue descubierto por el pastor Manolescu Ioan, una noche que se le descompuso su coche y no tuvo más remedio que caminar a casa a través de sus terrenos en la sombra de las montañas de Fagaras. A las 6 a.m. vio un niño desnudo, salvaje que vivía en una caja de cartón cubierta con una hoja de plástico. Estaba comiendo los restos de un perro muerto. Manolescu reportó su hallazgo a la policía, que más adelante capturó al muchacho.
Se creyó que había vivido solo en el bosque por años, pero los doctores pensaron que debía haber tenido cierta protección; quizás se había unido a algunos de los muchos perros salvajes en la región. Tenía el tamaño de un niño normal de tres-cuatro años, pero sus dientes de leche delanteros faltantes apuntaban a una edad de siete. Tenía raquitismo, anemia, el vientre dilatado, estaba medio hambriento, y tenía congelados sus pies y piernas. Su cara y cabeza estaban marcadas con cicatrices.
Comió lo que le dieron, pero no reconoció la fruta. No estaba entrenado para ir al baño. El personal del hospital en Fargas lo llamó Mowgli, por el personaje del libro de la selva de Kipling.
El doctor Mircea Florea dijo: “Fue encontrado en una posición animal y sus movimientos eran como los de los animales. Los hechos demuestran que no creció en un medio ambiente social. Se agita mucho cuando no tiene comida. Siempre está buscando algo para comer todo el tiempo. Se duerme después de comer”.
La enfermera principal de la sala de niños dijo: “Él sólo conoce dos palabras - ‘mamá’ y ‘comida’ - y es muy feliz en su dormitorio en el hospital mientras haya alimento allí. Tiene el pelo oscuro y ojos oscuros y una vez que se le lavó y cortó el pelo parecía realmente presentable, pero tiende a caminar como un chimpancé más bien que verticalmente e intenta dormir debajo de su cama y no en ella. Pero si tiene un poco de alimento en su mano él es más agradable”.
Alrededor de una semana después de su captura, fue identificado como Traian Caldarar, perdido tres años atrás a la edad de cuatro. Después de ser reeducado en un orfanato en Brasov, en abril de ese año se le reunió con su madre Lina Caldarar, de 23 años, en la lejana aldea de Vistea de Jos, a menos de once kilómetros de donde lo encontraron en febrero. “Amaba a mi hijo, pero tenía un marido violento que me pegaba”, dijo.
Traian Ciurar, de 24 años, el padre del muchacho, se casó con la señorita Caldarar bajo la ley gitana. Cuando ella huyó de nuevo con su familia para escapar de la crueldad de su marido, él evitó que ella se llevara a su hijo. Ella cree que el niño huyó por la misma razón. “Estaba loca pero no había nada que pudiera hacer”, dijo ella. “Esperaba que quizás otra familia lo hubiera adoptado”.
Traian parece estar en rehabilitación, pero todavía no está entrenado para estar en casa. “Alguien necesita vigilarlo porque es fácil que se lastime”, dijo su madre. “Él todavía no puede identificar los peligros en la calle. Como un perrito inexperto, cruza la calle, sin importar si vienen coches.
Prateep Chumnoon fue alejado de su abuela en el 2003. La señora, de 60 años de edad, lo dejaba al cuidado de un perro mientras iba a trabajar. Los vecinos avisaron a las autoridades cuando el niño comenzó a ladrar.
La abuela, Prateep y el perro vivían en un cuarto en la provincia de Nakhon Si Thammarat, al Sur de Tailandia. El niño sólo tenía un año cuando fue ingresado en un orfanato.
El 6 de abril del 2004, cuando apenas tenía dos años, fue encontrado muerto dentro de un contenedor plástico de la lavandería. Se desconocen las causas de su muerte.
Un caso similar ocurrió en Baspalovskaya, un pueblo alejado y perdido de Siberia, en la región de Altai, donde viven tan pocos habitantes, que ninguno de los escasos vecinos notó que la casa más remota había sido abandonada. Ahí vivían Andrei Tolstyk con su madre y su padre inválido y alcohólico. También tenían un viejo perro guardián.
Andrei nació con problemas del habla y auditivos, y según las autoridades esa fue la razón por la que sus padres lo abandonaron a los tres meses de nacer. Primero se fue su madre y al poco tiempo el padre también abandonó la casa. Ignorado por todos, sólo quedó allí el bebé y el viejo perro guardián, que se las fue ingeniando para ayudar al cachorro humano a crecer y alimentarse. Andrei forjó, según se informa, un enlace cercano con el único ser vivo, el perro protector de la familia, que le ayudó de alguna manera a sobrevivir y a criarse.
Pasaron siete años para que las autoridades se dieran cuenta que el hijo de los Tolstyk no asistía a la escuela local. Se envía unos asistentes sociales los cuales descubren en abril del 2004 que la casa está vacía y sólo la habitaba el niño y el perro: “Corría a gatas y gruñía. Al principio pensaron que jugaba pero la casa está a millas de cualquier lugar y es poco más que una ruina, y él estaba realmente sucio y desnudo, así que se dieron cuenta que algo estaba mal. Cuando se acercaron les gruñó e intentó morderlos cuando iquisieron alejarlo del viejo perro”.
Los investigadores dedujeron que Andrei tuvo una única posibilidad para subsistir: el perro guardián de la casa se las arregló para darle alimentos. Cuando lo encontraron se comportaba como un perro: caminaba en cuatro patas, olisqueaba los alimentos no sabía hablar, era hosco con la gente y comportamiento salvaje en general.
Fue llevado a un orfanato en una ciudad próxima. El personal del orfanato declaró a la agencia de noticias rusa RIA-Novosti que al comienzo tenía miedo de la gente, se comportaba con agresividad y erráticamente. Finalmente pudieron comunicarse mediante gestos y usando el lenguaje básico de signos. Dos semanas después de su llegada comenzó a caminar en dos piernas y a dominar el arte de comer con una cuchara, de hacer su propia cama y de jugar con una pelota.
Los demás niños, asustados, lo miraban recelosos y lo apodaron el “niño salvaje”. Pero las autoridades lo animaron a relacionarse con otros niños. Andrei logró algo espectacular, aunque paulatino: trabó amistad con una pequeña niña del orfanato comunicándose a señas.
Actualmente los doctores, los pediatras y los psicólogos están intentando resolver si se le puede enseñar comportamiento humano normal. Si la respuesta es sí lo transferirán a otro hogar de niños; si es no, le enviarán a un colegio especializado de internos. Paralelamente lo someterán a investigaciones para determinar cómo se desarrollan aspectos del conocimiento humano, como el lenguaje.
La policía buscó a sus padres para enfrentarlos a cargos de negligencia. Hasta el momento no han aparecido.
En Kenia los bebés no deseados - debido a relaciones fallidas o pobreza extrema - son abandonados en medio de la selva. Así le ocurrió a Ángel un bebé que fue abandonado por su madre a las dos semanas de vida.
http://www.monossabios.com/Traian_Caldarar_unido_a_los_perros_salvajes_en_Rumania.html
Descubren a un “niño lobo” en Rusia
Presumiblemente abandonado por sus padres, este niño que aparenta tener unos 10 años de edad fue encontrado en compañía de un grupo de lobos. La policía lo “rescato” de los animales, pero el joven, que probablemente ha permanecido varios años en estado salvaje y es incapaz de hablar, se escapo del hospital donde lo habían alojado.
Aunque parezca el argumento de una película, ocurrió en realidad. La policía rusa pudo capturar a un joven que vivía con una manada de lobos, en estado salvaje, luego de ser presumiblemente abandonado por sus padres cuando era un bebe. Pero menos de 24 horas más tarde, se escapó de la clínica donde estaba siendo tratado. El joven, al que los médicos habían bautizado como Lyokha, había sido encontrado en el interior de la remota selva de Kaluga.
Lyokha vivía en compañía de los lobos, los cuales probablemente y aunque parezca increíble lo han cuidado. Las autoridades sanitarias rusas explicaron que “el joven tiene los hábitos típicos de un lobo, y también exhibe algunos de sus comportamientos. Sus dientes están muy marcados y ha intentado morder al personal que lo cuidaba”. Se calcula que el niño debe tener una edad aproximada de 10 años, aunque esto no es algo del todo seguro y podría ser algo mayor.
Los médicos dijeron que pese a parecer inteligente, Lyokha no sabía una sola palabra en ningún idioma, lo que demuestra que ha permanecido varios años en estado salvaje. Cuando la policía lo capturo lo vistió y le dio alimentos, que comió como si fuera un animal. “Estaba hambriento y sucio y no reaccionaba a nada que le dijéramos”, agregaron.
Pero por raro que parezca, estos casos son relativamente comunes en Rusia. Estos niños salvajes han aparecido en diversas ocasiones a lo largo de la historia, porque sus padres los abandonan cuando aun son prácticamente bebes, en el interior de los bosques. Con el tiempo, la mayoría mueren, pero algunos son aceptados, como en esta ocasión, por manadas de lobos que los ayudan a sobrevivir.
En este caso, Lyokha se desplazaba con las piernas dobladas, como “a cuatro patas”, y los médicos suponen que probablemente cazaba y comía lo mismo que los lobos. Días atrás el niño había sido descubierto por lo aldeanos en una especie de madriguera oculta por ramas y hojas. Se encontraba desnudo y casi muerto de frío. Sus uñas, especialmente las de los pies, eran extremadamente largas y parecían garras. La identidad real del joven es hasta ahora desconocida.
Luego de permanecer 24 horas en la clínica en que estaba hospitalizado, Lyokha escapó a la vigilancia de la policía. “No terminamos de hacerle el chequeo médico. Solo nos dio tiempo a lavarlo, cortarle las uñas y tomarle unas muestras de sangre” aseguró uno de los médicos que lo atendió. Las autoridades rusas creen que “probablemente que sea peligroso, que tenga graves trastornos psicológicos y que ataque a la gente si se ve acorralado. Además podría ser portador de peligrosos virus y enfermedades”. Mientras tanto, lo continúan buscando.
Fuente: http://www.neoteo.com/descubren-a-un-nino-lobo-en-rusia/
Genie: la niña salvaje
Genie es el nombre que le dieron las autoridades de California a una niña descubierta en un suburbio de Los Ángeles en 1970. Se trata de un claro ejemplo de lo que en psicología se denomina niños ferales o salvajes, es decir, niños aislados, confinados o criados por animales que suelen tener un desarrollo cerebral diferente al de las demás personas. Su historia es terriblemente dramática y conmovedora.
Genie nació el 18 de abril de 1957. Vivía con sus padres, Irene y Clark Wiley, y su hermano mayor, John. La madre tenía una ceguera bastante avanzada debido a las cataratas que sufría y a su retina desprendida. Clark era un hombre violento y depresivo que pegaba frecuentemente a su esposa.
Genie nació normal físicamente pero comenzó a hablar un poco tarde, a partir de los 20 meses. Un médico familiar consideró que quizás la niña tuviese un posible retraso mental. Clark, temiendo que las autoridades le quitaran a su hija, decidió recluirla en la casa.
Casa de la familia Wiley
Hasta los 13 años, Genie sólo tuvo contacto con su padre. Permanecía encerrada en su cuarto, vestida únicamente con un pañal y atada a una silla-orinal ("potty chair" o silla entrenadora). De noche, el padre la ataba y la dejaba en una jaula hecha de alambre y madera, dentro de una bolsa de dormir. A veces se le olvidaba hacerlo y la niña pasaba la noche en la silla sin abrigo. No podía emitir ningún sonido. Si lo hacía, Clark la golpeaba o la asustaba. Genie no sabía comer ni ir al baño por sí sola. Los alimentos (comida de bebé, cereales y huevos cocidos) se los daba el padre. El cuarto de Genie, sin juguetes ni adornos, tenía las ventanas tapadas, sólo había un pequeño hueco en la parte superior de los cristales. La niña, durante 13 años, podía ver exclusivamente 5 centímetros de cielo y parte de la casa del vecino.
La madre y el hermano permanecían también recluidos en la vivienda. Su vida era un poco más tolerable porque el padre les permitía salir de vez en cuando. Cuando Clark les prohibía la salida, se sentaba con una pistola cargada para vigilarlos.
En 1970, Irene consiguió escapar con sus hijos. Buscó ayuda del Estado, acudiendo a una oficina de beneficencia. La trabajadora social que la atendió pensó que la niña que la acompañaba era autista y que tendría unos siete años. Cuando descubrió la verdadera edad, llamó a un supervisor y dieron aviso a la Policía. Los padres fueron acusados de negligencia y maltrato infantil, pero pronto se descubrió que el principal responsable era el padre, quien, poco antes de comenzar el juicio, se suicidó.
Clark Wiley
La niña fue internada en el Children's Hospital de Los Ángeles. Andaba de forma extraña, escupía, casi no emitía sonidos y se masturbaba en público. Los médicos comenzaron a enseñarle a vestirse sola y a responder a algunas preguntas. Los especialistas que la estudiaban no estaban de acuerdo sobre los avances que se lograrían en el comportamiento y en el lenguaje de Genie. Unos médicos opinaban que el lenguaje no es producto de la civilización sino que es innato en el ser humano y que, por tanto, podría aprenderlo. Otros, sostenían que hay cierto umbral del desarrollo en que el cerebro puede aprender tareas como el lenguaje. Cuando se supera ese tiempo, no es posible enseñarlo.
La Dra. Jeanne Butler, que recibió ayudas económicas del gobierno para estudiar a Genie, se la llevó a su casa. Intentó proporcionarle a Genie un medio ambiente agradable y familiar y no permitía visitas de parte del equipo que en un principio se ocupó de la niña. Sus detractores la acusaron de utilizar a la niña , buscando la fama a costa de ella. La doctora siempre se defendió afirmando que su interés era altruista. Lo cierto es que su petición para adoptarla legalmente fue rechazada y la niña regresó al hospital. No mejoró de esta manera la situación de la pobre Genie, que volvió a estar rodeada de un equipo de terapeutas que la consideraban más un objeto de estudio que un ser humano.
Posteriormente, David Rigler y su esposa Marilyn se hicieron cargo de la pequeña. Permaneció con ellos cuatro años. Durante este tiempo, la niña aprendió a sonreír, lo básico del lenguaje de señas, algunas frases cortas y a hacer dibujos sencillos.
Pero en 1974 se suspendió el presupuesto que la Asociación de Salud Mental de los Estados Unidos destinaba a Genie. La asociación estimó innecesario continuar con la investigación cuya importancia científica le resultaba dudosa. Los Rigler, sin ayudas económicas y presionados por la Dra. Butler que los acusaba de haber ocasionado una involución en Genie, abandonaron su custodia en 1975. No obstante, este matrimonio consiguió que dijera frases cortas como "tienda comprar puré manzana".
Genie, después de un juicio, fue entregada a su madre, que se había operado la vista. Ésta pronto se dio
cuenta de que le resultaba muy difícil cuidar a su hija y la dio en adopción. Genie pasó por seis familias adoptivas diferentes. Algunas de ellas la maltrataron y experimentó regresiones. En uno de estos hogares, después de ser duramente castigada por vomitar, dejó de hablar porque tenía miedo de abrir la boca.
Genie
Debido a una orden judicial, que protege su intimidad, se sabe poco de Genie en la actualidad. Sí ha llegado a conocerse que se encuentra en una institución de California llamada San Gabriel/Pomona Valleys Foundation, que se dedica al cuidado de adultos con retraso mental, autismo, parálisis cerebral o epilepsia.
Sobre la dramática historia de esta niña, Russ Rymer ha escrito tres libros titulados: "Genie: A Scientific Tragedy", "Genie: An Abused Child's Flight from Silence" y "Genie: Escape from a Silent Childhood". Otro libro ("Savage Girls and Wild Boys: A History of Feral Children" de Michael Newton) dedicado a los niños ferales le dedica a Genie un capítulo. También se hizo una película en 2001 llamada Mockingbird Don't Sing.
John, el último niño salvaje del siglo
Un adolescente de Uganda revive para la BBC su vida con monos tras huir de su casa con 5 años
Aceptado por los científicos como la prueba viviente de que el hombre y ciertas familias de primates pueden llegar a convivir, John Ssabunnya, un tímido adolescente de Uganda que huyó a la jungla hace diez años, cuando tenía cinco, tras el asesinato de su madre, ha protagonizado un documental de la BBC sobre su extraordinaria aventura titulado La prueba viviente: el niño que vivió con los monos. El relato de su relación con un grupo de simios vervet y su vida actual, adoptado por los directores del orfanato donde fue recogido y de gira por el Reino Unido con un coro musical, ha asombrado y conmovido por igual a los británicos. He aquí la historia del último niño salvaje del siglo, elaborada a partir del citado reportaje televisivo.
Nadie recuerda con claridad los hechos en Kabonge, una pequeña aldea ugandesa situada a unos 30 kilómetros al norte de la capital, Kampala. La verdad es que han pasado diez años desde que John Ssabunnya, uno de los vecinos, asesinara a su mujer en una riña conyugal y huyera dejando atrás un huérfano de cinco años, el pequeño John. Pero el tiempo transcurrido no explica por sí solo la nebulosa que envuelve el parricidio y posterior desaparición del chico, que sufre un cierto retraso mental. Otro suceso mucho más acuciante, la guerra civil que asoló Uganda durante los años ochenta, había distorsionado antes la realidad de los 200 habitantes del poblado.Obligados a vivir en permanente estado de vigilia por culpa de los choques entre militares y guerrilla, la tragedia íntima de los Ssabunnya pasó a convertirse enseguida en un asunto policial. Cuando se dieron cuenta de que Johnny había desaparecido, ya no fue posible hallar su rastro. Poco podía imaginar la gente que el niño, horrorizado por el crimen, había huido a la jungla. A fin de cuentas, ése era el refugio buscado por el pueblo entero para evitar las masacres del conflicto civil. Todo el mundo se había escondido allí en algún momento, pero con una diferencia: una vez pasado el peligro regresaban con cautela a sus hogares. La desaparición del pequeño tendría, sin embargo, consecuencias inesperadas.
Futuro cuidador de su 'familia'
Perdido en la espesura, asustado y hambriento, estaba a punto de protagonizar un encuentro que los psicólogos y expertos en comportamiento animal más reputados del mundo hubieran deseado poder contemplar con todas sus fuerzas. El chico iba a ser admitido como uno más por una familia de monos vervet, uno de los pocos grupos de primates que viven entre el suelo y los árboles y cuya dieta, a base de jugosa fruta, les permite subsistir sin beber apenas agua. Ajeno al revuelo que su singular encuentro levantaría meses después, cuando fue rescatado, John recreó de forma espontánea dos de los mitos más sugestivos de la literatura universal.
Por un momento fue Mowgli, el niño salvaje que vive a gusto en la jungla india descrita por Rudyard Kipling. Emular a Tarzán, el otro personaje selvático legendario, salido de la pluma de Edgard Rice Burroughs, le fue imposible. Johnny regresó a la civilización en plena infancia y de la mano de Mammy Sebba, una vecina.
"Había oído hablar de monos capaces de engendrar seres que parecían personas, pero nunca creí semejantes historias. Cuando reparé en John no daba crédito a mis ojos. Hasta miré a ver si tenía cola, la verdad".
Mammy recordaba todavía la historia de los Ssabunnya cuando una mañana chocó casi con el niño perdido. Había ido con otras mujeres a buscar leña a un claro de la selva próximo a Kabonge. Un grupo de monos vervet, que se comen las cosechas al menor descuido y hasta entran en la aldea a robar comida, no dejaba de molestarles. Mammy cogió un palo del suelo y los ahuyentó a bandazos. Acostumbrados a los hombres, los monos se resistían a marcharse.
"De repente vi que trataban de proteger a uno del grupo. Me acerqué y le di con el palo. Cuando cayó al suelo no podía creerlo. Era un niño y estaba sucio, lleno de heridas y costras y con el cabello y las uñas muy largas". Aturdida, Mammy le llevó de vuelta al poblado. Sin poder hablar, gateando y seguramente más confuso que nunca, John salió de la selva para siempre sin pompa alguna.
Ahora que está a punto de cumplir 15 años cree que convivió con los monos alrededor de un año. Nadie puede saber cuánto tiempo estuvo allí dentro, pero su aventura tiene un valor inmenso para los estudiosos que le han conocido. Como ya sabía hablar antes de perderse en la selva, es el único niño
salvaje de la historia capaz de contar lo sucedido a su manera.
"Mis padres se peleaban constantemente y él la mató. Por eso me fui a la jungla. Creí que papá me pegaría o me mataría luego a mí. (John Ssabunnya padre acabaría suicidándose). En la selva estuve solo hasta que vi a los monos. Se me acercaron y me dieron bananas. Comí lo mismo que ellos, pero no había agua".
Intimidado por las visitas de los expertos y tal vez también por las cámaras de televisión, John habla despacio de su insólito pasado. Recuerda cosas propias de un niño de cinco años, la edad que tenía al perderse, como por ejemplo: "Al principio no podía correr como los monos, pero luego ya sí". O bien: "Jugábamos todo el tiempo", un pensamiento rotundo que ha ocupado el lugar del hambre, el frío o incluso el miedo que también sentía.
Entre sus asombrados interlocutores hay un hombre que le conoce ahora mejor que nadie. Es Paul Wassuna, su padre adoptivo y director del orfanato adonde fue llevado a su regreso de la selva.
"La primera vez que vi a John debía ser noviembre o tal vez diciembre. Era un crío delgado, lleno de heridas y con el pelo muy largo. Las uñas le habían crecido tanto que empezaban ya a encarnarse en los dedos. Yo también soy huérfano y pedí permiso a las autoridades locales para llevármele a casa".
El orfanato que dirigen Paul y su esposa, Molly, está en Masaka, a 160 kilómetros de Kabonge. De los casi 1.500 huérfanos que acogen por culpa del hambre, el sida y la guerra, un centenar tiene al matrimonio como tutores legales. A John, al que califican de "chico maravilloso", lo han adoptado y reside con ellos, y otros seis hijos propios. Ambos estaban con él cuando llegaron dos visitas inesperadas en busca del niño que, además de ser su nuevo retoño, puede ser la prueba viviente de que algunos primates aceptan la convivencia con el hombre.
Uno de los viajeros es Douglas Candland, psicólogo estadounidense de la Universidad de Buckneell (Pensilvania), que se ha hecho famoso por sus estudios sobre el comportamiento de los animales. La aventura de John era para él la culminación de toda una vida dedicada a analizar la mente humana y las reacciones del mundo animal. "Hay tantas historias falsas de niños salvajes... pero ésta parecía fiable. Tenía que averiguarlo". Una vez en Uganda se le unió Debbie Cox, directora de un centro especializado en devolver a su entorno a los primates sacados ilegalmente de la selva. Para estar seguros de que John había convivido con monos tenían que devolverle a ellos. Dicho reencuentro les demostraría si una persona puede ser aceptada por unos simios aficionados a llevarse comida de las aldeas.
La esperada cita entre el niño y los monos tal vez no fuera solemne, pero consiguió enmudecer a los dos expertos. John había señalado primero en un libro la familia exacta de primates, los vervet, con los que dice que estuvo. Una hazaña científica, si tenemos en cuenta que el mencionado volumen, mostrado por Douglas Candland, incluye imágenes de todos los simios imaginables.
"Dar con el tipo exacto de mono es difícil hasta para un investigador. Además, los vervet son los únicos que podían haberle tolerado. Pasan largos ratos en el suelo, comen mucha fruta y trepan a los árboles, desde luego. Pero a los cinco años un niño ya puede intentar algo así". Candland decía todo esto en voz baja, mientras Debbie Cox añadía que la fruta tiene suficiente agua como para sobrevivir. Antes de que pudieran continuar, la actitud de John hacia los monos les dejó boquiabiertos.
El chico se había acercado a una familia de vervet que estaba comiendo sentada en el suelo. Sin mirarles a los ojos, para que no creyeran que iba a atacarles, abría la mano, que estaba vacía. Luego se puso a jugar con ellos a algo parecido al pilla pilla de los niños en la escuela. Paul y Molly Wassuna sonreían y John parecía en su elemento. Junto a ellos, Candland y Cox creían haber despejado por fin sus dudas.
"Ha estado entre monos, seguro. No les mira de frente para evitar que se revuelvan contra él o huyan. En cuanto a la mano, les muestra que no tienen nada que temer. Son dos trucos que cuesta años de observación adquirir, y él lo ha hecho de forma espontánea. Supongo que lo único que no sabremos nunca es cuánto tiempo pasó en la selva", concluyeron los científicos, ganados por la sencillez de un muchacho tímido que suele contarle al resto del orfanato su aventura en la selva.
Cuando lo hace de noche y a la luz del fuego, cualquiera diría que ha leído las aventuras de los otros niños de junglas literarias. Pero no. John habla de la suya, que era auténtica.
Fuente: http://elpais.com/diario/1999/10/17/sociedad/940111201_850215.html
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